El vibe coding es contarle a una IA qué app quieres y que la escriba ella. Para hacerlo eliges la herramienta que encaje con tu proyecto, le describes la app con todo el detalle que puedas, la pruebas y le vas pidiendo cambios de uno en uno hasta que hace lo que querías.
Ese es el método entero, y el resultado depende mucho más de cómo pides las cosas que de la herramienta que elijas. Vamos paso a paso, hasta dejar la app publicada.
Basta con abrir cuenta en una herramienta de vibe coding y describirle tu idea desde el navegador. Aquí escribir con claridad te sirve más que saber programar. Por eso, desde su origen en 2025, el vibe coding engancha a quien nunca ha abierto un editor de código, que es el programa donde viven los archivos del proyecto.
Empieza por un proyecto de pocas pantallas y reglas simples, como una agenda de clientes, un contador de gastos compartido o una landing, que es una página única con un formulario. Deja para más adelante los más complejos, como un marketplace con pagos entre usuarios o unas reservas que se actualizan al minuto.
Para probar no necesitas pagar nada, porque casi todas traen un plan gratuito con un número limitado de peticiones al mes. En Lovable son treinta, suficiente para levantar una primera versión y darle dos o tres vueltas. A partir de ahí toca pasar a pago. Las herramientas más técnicas son la excepción, porque suelen pedir suscripción desde el primer día.
Depende sobre todo de cuánto quieras acercarte al código. Hay cuatro familias y van de menos a más técnicas, constructores por chat, chats de IA generalistas, editores de código con IA y agentes en la terminal. Cuanto más control te da una herramienta, más tiempo tendrás que dedicar a aprender a usarla, así que empieza por el tipo más sencillo que te resuelva el proyecto y sube de escalón solo cuando se te quede corto.
De una sola descripción salen la interfaz, la lógica y la base de datos, con una vista previa al lado. Como todo ocurre en el navegador, es la puerta de entrada de quien nunca ha tocado código.
Lovable cuida el acabado visual y está pensada para apps de varias pantallas conectadas. Bolt crea un prototipo en pocos minutos, y Base44 trae de fábrica la base de datos, los usuarios y los permisos. Y si ninguna te llega, fuera de estas cuatro familias están los creadores de web apps como Bubble o FlutterFlow. Ahí la app no sale de un chat, la montas tú en un editor visual, con más control a cambio de más aprendizaje.
Copias lo que genera, lo guardas en un archivo de tu ordenador y lo abres para probarlo. Trabajas más que con una herramienta que lo monta todo sola, y a cambio ves qué hace cada cosa.
Para scripts sueltos que hacen una sola tarea y automatizaciones pequeñas, ChatGPT cumple de sobra. Con archivos largos suele ir mejor Claude, y los dos te explican el código a poco que se lo pidas, algo que agradecerás en el primer fallo.
Todo pasa en tu ordenador, con el proyecto entero delante, así que la IA puede tocar varios archivos a la vez y respetar lo que ya existe. A cambio, tienes que entender cómo están organizadas las carpetas.
Cursor va bien con proyectos que ya tienen código escrito y te deja repasar cada cambio antes de aceptarlo. Antigravity, la propuesta de Google, reparte el trabajo entre sus agentes en paralelo, que planifican, escriben y prueban solos.
La terminal es esa ventana de texto donde das órdenes directas al ordenador. Escribes ahí el encargo y el agente lo ejecuta entero, creando los archivos, instalando lo que haga falta y lanzando después las pruebas para corregir sus propios errores. Es el escalón más técnico de esta lista.
Claude Code se maneja bien en proyectos grandes que ya existen, mientras que OpenAI Codex se abre desde la propia cuenta de ChatGPT y soporta tareas largas de un tirón.
Esta tabla resume qué elegir según el proyecto que tengas entre manos. Los precios y los créditos gratuitos cambian cada pocos meses, míralos en la web de la herramienta antes de decidir.

Rara vez sale una app entera y funcional al primer intento, así que asúmelo desde la primera petición. Avanzas por ciclos cortos, cada uno con su petición, su prueba y su corrección, y cada vuelta deja el resultado más cerca de lo que buscabas.
Quédate con lo único que la app tiene que hacer. Si piensas en una app de gestión para tu tienda, la primera versión es una lista de productos con su stock. Una versión mínima que funcione vale más que una completa a medias, porque ya puedes usarla y sacar conclusiones.
Deja fuera de esta primera vuelta el registro de usuarios y los pagos. Las notificaciones y los paneles de estadísticas también esperan, porque son las que más se enredan mientras la base de datos y las pantallas todavía cambian.
La IA completa por su cuenta lo que no le digas, y el contexto que te ahorras al escribir lo pagas después en correcciones. En la primera petición dale:
Una petición vaga suena a “hazme una app para apuntar gastos”. Una completa pide “una app web de una sola pantalla donde apuntar gastos con fecha, importe y categoría, con el total del mes arriba”. Esa estructura es la que siguen los prompts que ya funcionan.
Cuando llegue el primer resultado, aguanta las ganas de pedir cambios al momento y mira si están todas las pantallas, si los datos que escribes se quedan guardados y si cada botón hace lo suyo. Mover los cimientos más adelante cuesta mucho más que ajustar un color.
Aquí lo más fácil es amontonar peticiones sobre un resultado que ya venía torcido. Si la herramienta ha entendido otra cosa, vuelve a explicar la idea completa desde cero en lugar de parchear encima.
Úsala como lo haría quien la ve por primera vez, porque los fallos aparecen cuando alguien se sale del camino, no en el recorrido que tú ya tienes ensayado. Mete datos absurdos, envía el formulario con huecos y pulsa dos veces guardar. Después recarga a media tarea para ver si lo guardado sigue ahí.
Cuando encuentres uno, descríbelo como una escena, con lo que hiciste, lo que esperabas y lo que pasó. La IA se queda adivinando con un “el formulario no funciona”, y en cambio lo tiene todo con un “al guardar un gasto sin categoría la pantalla se queda en blanco”.
Si mandas cinco cambios en la misma petición y algo se rompe, tienes cinco sospechosos y ninguna pista. Un cambio por petición te deja ver el efecto de cada uno, con el culpable siempre a la vista.
Pide cada cambio diciendo dónde, qué y cómo, del tipo “en la pantalla de gastos, el botón de guardar queda desactivado mientras el importe esté vacío”. Con esa frase basta, y la siguiente espera a que esta funcione.
Empieza por lo que la pantalla tiene que hacer y deja los ajustes de color y de texto para el final, cuando ya no vayas a mover nada más.
Si no vas guardando versiones, una petición que sale mal se lleva por delante una tarde de trabajo. Los constructores por chat llevan un historial de versiones al que vuelves con un clic, y en editores y agentes ese trabajo lo hace Git, un programa aparte que hace una foto del proyecto cada vez que se lo pides y te deja volver a cualquiera de ellas. Guarda cada avance que funcione, por pequeño que sea.
Te compensa volver atrás cuando llevas tres o cuatro intentos peleando con el mismo fallo y la app está peor que al principio. En ese punto suele salir más a cuenta recuperar la última versión sana y pedir el cambio de otra forma.
Para sacarla de tu pantalla necesitas un sitio donde vivan los archivos, una dirección web y una base de datos accesible desde internet. Estas herramientas suelen resolverlo con un botón, con un alojamiento justo para las primeras visitas.
Aparte quedan el dominio propio, que suele ir de 7 a 15 € al año, y servicios externos como el correo o la pasarela de pago.
Si conectas la app a un servicio externo, te dará una clave para identificarte, algo así como una contraseña de tu app. Esa clave va en el gestor de secretos, un apartado donde la herramienta la guarda aparte del código, y nunca escrita dentro del código.
En cuanto la app guarda datos de personas, entras en terreno de protección de datos. Pide solo lo que vayas a usar, explícalo en una política de privacidad y comprueba que cada usuario ve únicamente su información, porque la IA tiende a dejar la base de datos abierta a cualquiera si nadie se lo aclara.
Con la app ya publicada llega el otro lado. Estos límites vienen de lo mismo que hace atractivo el vibe coding, porque la IA escribe un código que tú no has revisado. La parte visible sale adelante con solo describirla, mientras que lo que se atasca suele ser lo que no se ve, el rendimiento, la seguridad y los casos raros.
A partir de cierto punto tendrás que leer lo que devuelve la IA, aunque sea por encima. Cuando distingues qué archivo hace qué y entiendes por dónde entran y salen los datos, recortas vueltas de prueba y error. Pídele que te explique el código que acaba de escribir y lo irás aprendiendo sobre tu propio proyecto.
Ese repaso tiene su límite. Hay cuatro señales que piden parar y buscar a alguien que revise el proyecto:
Una revisión técnica antes de publicar sale más barata que un problema de seguridad con usuarios dentro.
Cuando la IA repite el mismo error una y otra vez, sal de ahí por pasos. Copia el mensaje exacto, pídele la causa antes de tocar nada y aplica un solo cambio sobre esa respuesta.
Si sigue igual, aísla la parte que falla. Pídele que la reproduzca sola en una pantalla vacía, con esa única función y nada más, para ver si el fallo está ahí o en lo que la rodea. Cuando esa parte funcione por su cuenta, la devuelves al proyecto.
Para empezar a hacer vibe coding solo necesitas una idea pequeña y una herramienta a su medida. El resto es el ciclo de pedir, probar y corregir hasta dar con la versión que te sirve, y cuanto mejor expliques lo que quieres, menos vueltas necesitarás.
Si prefieres recorrer todo este proceso con un proyecto real delante, empieza por el curso gratuito, en el que creas una app entera y le conectas los pagos con Stripe en un entorno de prueba.